El primer documento escrito sobre la existencia y el uso habitual del órgano en Sevilla pertenece al año 1478. El gran impulso del órgano se produce gracias al auge económico del siglo XVI. Este auge atraerá a numerosos organeros extranjeros de renombre, en su mayorí­a franceses y flamencos, a los que les confiarán las principales iglesias. Poseemos documentación de cómo eran estos instrumentos gracias a Fray Juan Bermudo, natural de Écija, que nos hace referencia sobre el órgano de su época.

Escasean los documentos del siglo XVII y su documentación también es escasa. Los organeros no serán ya foráneos, con excepción de alguna dinastí­a afincada en Sevilla. Es el momento en que realmente el órgano ibérico se individualiza distanciándose de las diferentes corrientes europeas y surgirán, aunque tí­midamente, las trompeterí­as exteriores.

El siglo XVIII es de gran expansión. A él peretenece el legado instrumental más rico e importante, debido a un nuievo auge económico. A la mayorí­a se les irán ampliando las dimensiones, sobre todo de la trompeterí­a exterior, lo que le otorgará una brillantez tí­mbrica única. Es de destacar el taller de Jordi Bosch, que se afinca en Sevilla para construir en la catedral uno de los órganos más importantes de la época, desgraciadamente destruido con el derrumbamiento del crucero catedralicio en 1888. A él pertenecen los siguientes organeros que sembraron de órganos la provincia de Sevilla: D. Francisco Rodrí­guez, D. Juan de Bono y D. Antonio Otí­n Calvete.

Durante el siglo XIX la Pení­nsula Ibérica evidencia radicalmente sus distancias frente a Europa y por tanto, lamentablemente, permanecerá al margen del movimiento romántico. La implantación del armonio hará que los viejos instrumentos barrocos vayan paulatinamente relegándose el olvido o sean modificados romantizando sus juegos y perdiendo su carácter y peronalidad.